Veterinaria

Leishmaniosis

La leishmaniosis canina es una enfermedad causada por un parásito microscópico denominado Leishmania infantum. Se trata de una enfermedad grave que puede resultar mortal para su mascota, además de ser una zoonosis potencial, es decir, que puede afectar también a las personas. La leishmaniosis está ampliamente extendida en Europa, y sobre todo en la región mediterránea. La característica más importante de la leishmaniosis canina es su extraordinario polimorfismo clínico. La leishmaniosis canina es una enfermedad sistémica o visceral y esto significa que puede afectar a numerosos sistemas u órganos y que, en la práctica, hay que incluirla en la mayoría de los diagnósticos diferenciales.  La leishmaniosis puede afectar a perros de cualquier raza, si bien algunas como el pastor alemán o el bóxer parecen ser más susceptibles. También parece que hay una mayor predisposición de los machos a desarrollar la enfermedad.Además, la leishmaniosis canina tiene una distribución bimodal, con un pico de perros afectados con edad inferior a los 3 años y un segundo pico entre los 8 y 10 años de edad.   La enfermedad se transmite mediante la picadura de un mosquito llamado flebotomo o mosca de la arena, que tiene su máxima actividad en los momentos de la salida y de la puesta del sol. Cuando el mosquito pica al perro, le inocula la leishmania a través de su saliva. El parásito llega al torrente sanguíneo, comienza su ciclo y acaba replicándose en las células de su hospedador. En el momento en que el sistema inmunitario del hospedador detecta la leishmania, se desencadena una respuesta inflamatoria para tratar de combatir el parásito. Tras un periodo variable, si esta respuesta no ha sido efectiva, el animal comienza a mostrar signos de enfermedad.   Los síntomas que la leishmaniosis puede producir son muy diversos y puede llegar a confundirse con otras muchas patologías. Generalmente, se distinguen dos tipos de cuadros clínicos: la leishmaniosis cutánea y la leishmaniosis visceral. Los signos clínicos más frecuentes son los cutáneos, que se presentan, aproximadamente en el 80% de los perros enfermos. La linfoadenopatía, presente en un 70-80% de los pacientes, y los síntomas generales (fiebre, apatía, adelgazamiento y atrofia muscular) presentes en un 40-60%, son también muy frecuentes. Luego se abre un amplio abanico que incluye signos clínicos renales y/u oculares, esplenomegalia, hepatomegalia, dolor, cojeras, diarrea, epistaxis, onicogrifosis, onicorrexis, fiebre, ictericia, síncopes o tos; que aparecen de forma variable con tantos por cientos de aparición que oscilan entre el 1% y el 20 % según los diferentes autores. El tipo cutáneo suele implicar la aparición de lesiones en la piel, en especial la de alrededor de los ojos, de la nariz y de las orejas y de las uñas. Los signos clínicos cutáneos más comunes son la presencia de una capa de pelo fino, sin brillo; la alopecia con exfoliación (descamación); la dermatitis ulcerativa; la dermatitis nodular; la dermatitis pústular; o los nódulos y ulceraciones en membranas mucosas. El diagnóstico de la enfermedad se realiza mediante la detección de los signos clínicos y la realización de una analítica sanguínea. El tratamiento a seguir una vez diagnosticada la enfermedad, se basa en eliminar al parásito y combatir los signos de enfermedad. Es importante señalar que el tratamiento es costoso y debe realizarse durante como mínimo un año. En los casos en los que el paciente se vea gravemente afectado, requerirá de un tratamiento de soporte y necesitará ser hospitalizado. Como ocurre en muchas otras enfermedades, una detección temprana de la enfermedad mejorará considerablemente las expectativas de curación de las mascotas afectadas. Para ello se recomienda la realización de una analítica sanguínea una vez al año, ya que nos encontramos en una zona de alto riesgo. Junto con este control analítico es importante llevar a cabo una serie de medidas preventivas. La más importante de todas ellas sería la aplicación rigurosa y combinada de fármacos antiparasitarios que actúan como repelentes para el mosquito transmisor de la Leishmania (collares antiparasitarios y antiparasitarios en formato spot-on). Otras medidas preventivas a tener en cuenta serían mantener al animal en el interior de la casa durante el anochecer y eliminar los lugares que pueden servir para la cría del mosquito (macetas y cubos con agua estancada, troncos huecos y apartados de la luz...), así como usar tratamientos insecticidas para el interior del hogar. Si percibe que su mascota presenta alguno de estos síntomas mencionados anteriormente o se encuentra en una zona de riesgo, no dude en realizar un test para saber si su animal es portador de la enfermedad, ya que un tratamiento en una fase temprana o inicial de la enfermedad mejorará considerablemente el pronóstico de la enfermedad y las posiblidades de curación.

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